Cuando terminé mi licenciatura en Filología Inglesa en Cádiz, sabía que mi siguiente paso tenía que ser sumergirme de lleno en otro idioma. Así que, en noviembre de 2005, hice las maletas y me fui a Alemania. Lo que siguió fue un viaje por todo el país y un capítulo decisivo en mi vida.
Friburgo: un nuevo mundo de lengua y cultura
Mi primer hogar en Alemania fue Friburgo de Brisgovia, enclavada en el corazón de la Selva Negra. Me matriculé en un curso intensivo de alemán y enseguida me rodeé de gente de todo el mundo, incluyendo yugoslavos, israelíes y estudiantes de diversas religiones y culturas. Esta mezcla me abrió los ojos y me enseñó que aprender un idioma no es solo cuestión de vocabulario, sino de aprender a convivir con formas de pensar muy diferentes a las propias.
Friburgo era un lugar especial. Me encantaba el río Dreisam, el animado ambiente universitario y los mercados navideños. Su ubicación también era inmejorable, a poca distancia de Suiza y Francia. Gracias a ello, viajé a Basilea y Colmar y descubrí que Alemania tiene unos paisajes realmente increíbles que esperan ser explorados.
Berlín: historia, desamor y un feliz reencuentro

En noviembre de 2006 llegué a Berlín con María del Mar, que más tarde se convertiría en la madre de mi hijo Quique. Trabajábamos como representantes comerciales y nuestra empresa nos alquiló un apartamento en el barrio de Tempelhof. Fue allí, durante esos seis meses de invierno, donde nació parte de mi historia personal: en ese piso se sentaron las bases para la llegada de Quique Jr., quien, años más tarde, se ha convertido en una de mis mayores alegrías.
Como entusiasta de la historia, especialmente de la Segunda Guerra Mundial, Berlín me cautivó. Es una ciudad que abruma y fascina al mismo tiempo: cada rincón respira historia, pero también es un vibrante centro cultural, musical y artístico.
Más de quince años después, volví a Berlín para una feria de turismo. Entre reunión y reunión, decidí visitar mi antiguo apartamento en Tempelhof. Hice una foto para mi hijo y, por capricho, llamé al timbre. Para mi sorpresa, la mujer que abrió la puerta era Heike, la artista árabe que nos había alquilado el piso en 2006. ¡Seguía viviendo allí! El reencuentro fue increíble, me trajo muchos recuerdos y cerró un círculo en mi vida. Berlín confirmó lo que siempre he sentido: nunca me deja indiferente y cada vez que vuelvo me da algo nuevo.
Hamburgo: la Venecia del norte
Mi tercer invierno alemán me llevó a Hamburgo, una ciudad que me impresionó desde el primer momento. Viví en St. Georg, cerca de los hermosos lagos Alster. Hamburgo es, sin exagerar, una de las ciudades más espectaculares de Alemania, con un contraste que me impactó profundamente: por un lado, la elegancia de sus lagos, puentes y arquitectura, que le han valido el sobrenombre de “la Venecia del norte”; y, por otro, el ambiente marinero y colorido de St. Pauli, con su puerto, su barrio rojo y su inolvidable vida nocturna.
En mi trabajo como representante comercial, conocí a un asturiano que llevaba más de cuarenta años viviendo en Hamburgo. Me contó una historia que nunca olvidaré: en sus primeros años, los pescadores locales traían enormes sacos de gambas al puerto, y los alemanes pensaban que eran unos bichos raros, sin ningún valor culinario. Sin embargo, él sabía que eran un manjar y, con su estilo asturiano, organizaba auténticos festines de gambas que nadie a su alrededor apreciaba todavía.
A lo largo de los años, he vuelto muchas veces a Hamburgo, ahora como propietario de mi propia agencia de viajes, y cada vez estoy más convencido: Hamburgo es una ciudad que te engancha. De hecho, si tuviera que recomendar un viaje cultural, diría sin dudarlo: Hamburgo, Bremen y Lübeck. Este “triángulo del norte” ofrece una mezcla perfecta de historia, mazapán y acceso al mar del Norte.
Fráncfort y Heidelberg: historia de dos ciudades
Otro invierno, llegué a Fráncfort, una ciudad de contrastes. Por un lado, los altísimos rascacielos de los bancos, símbolo de la fortaleza financiera de Alemania; por otro, el casco antiguo más tradicional, enclavado a orillas del río Meno. Aunque no fue la parte más intensa de mi viaje por Alemania, me permitió seguir mejorando mis habilidades lingüísticas y explorando la región.
Lo que realmente me cautivó fue Heidelberg. Esta impresionante ciudad con alma medieval encanta a todos los que la visitan. El famoso Philosophenweg (“Paseo de los Filósofos’) invita a pasear mientras se contempla el castillo y el río Neckar, transportándote a otra época. Heidelberg tiene un ambiente universitario y cultural único que te hace sentir parte de algo más grande. Es un lugar que siempre recomiendo.
Duisburgo, Düsseldorf y Colonia: integración completa

Mi estancia en Duisburg fue una coincidencia. Conocí a Ottmar y a su esposa Bärbel, que se convirtieron en mi familia. Los domingos en su casa viendo el fútbol se convirtieron en un ritual, y Ottmar siempre me decía amablemente: “Kike, pon los pies sobre la mesa, siéntete como en casa”. Apreciaba el gesto, aunque, por supuesto, nunca lo hice. Esa hospitalidad me marcó profundamente.
Gracias a ellos, conocí a muchos más alemanes. Ese invierno fue el que más salí con gente local: barbacoas, reuniones familiares, fiestas e incluso asistí a un partido del MSV Duisburg contra el St. Pauli. Y lo más importante, mi alemán dio un gran salto adelante. Ya no era solo el alemán de clase o del trabajo, sino el alemán de la calle, el que se habla por la noche entre amigos.
Puede que Duisburgo no sea la ciudad más atractiva de Alemania, pero me abrió las puertas a otras cercanas: la monumental Colonia, con su catedral; Düsseldorf, su ciudad rival; e incluso Dortmund, que para un aficionado al fútbol como yo era una visita obligada. Ese invierno fue un punto de inflexión: empecé a sentirme “un poco más alemán”.”
Stuttgart: Mercados mágicos y dialectos imposibles

Después de mi etapa como representante de ventas, pasé dos inviernos en Stuttgart, sede de Mercedes y Porsche. Allí viví una experiencia única: trabajar en un mercado navideño. Fue un trabajo duro, pero me enseñó una lección importante: si te lo propones, puedes lograr cualquier cosa. Rodeado de luces, villancicos y vino caliente, aprendí a adaptarme a otro entorno nuevo.
Mi jefa, Frau Benda, era una mujer de la zona que hablaba el dialecto suabo (Schwäbisch). Para alguien que había estudiado alemán estándar en la universidad, era como intentar entender un fuerte acento andaluz cuando solo has aprendido español en los libros de texto. Ella decía cosas como “Kike, mag doch da nein”, cuando en alemán estándar se diría “mag das dort hinein” (“pon eso ahí”).
Al principio, pensé que me consideraba lento, hasta que un día le dije: ‘Frau Benda, por favor, necesito explicarle algo’. He estudiado alemán en la universidad, pero por más que lo intento, no consigo entender el suabo. Por favor, no piense que soy tonto. Ella se echó a reír y, a partir de ese día, nuestra relación cambió por completo.
De un viaje personal a una pasión profesional
Mi viaje por Alemania me ha llevado por muchas etapas: descubrir el idioma en Friburgo, vivir intensamente en Berlín, empaparme de la cultura de Hamburgo, sentir la energía universitaria de Heidelberg, integrarme de verdad en Duisburgo y trabajar en un mercado navideño en Stuttgart. Cada una de estas ciudades me enseñó algo diferente y, juntas, forman una parte esencial de quien soy hoy.
Ahora, como profesional del turismo, puedo compartir estas experiencias con otras personas. Cuando recomiendo un viaje a Alemania, no me baso solo en un folleto, sino en mi propia vida:
- Friburgo y la Selva Negra: Naturaleza pura y tradición, ideal para escapadas encantadoras.
- Berlín: Mi ciudad más personal, con un sinfín de historia y cultura.
- Hamburgo, Bremen y LübeckEl “triángulo norte” de la cultura marinera, la historia y el delicioso mazapán.
Alemania me ha dado idiomas, trabajo, amistades y un montón de recuerdos. No es solo un capítulo de mi pasado, es parte de lo que hoy ofrezco con orgullo a quienes quieren descubrir este país con la misma pasión y autenticidad con la que yo lo he vivido.

